lunes, 11 de noviembre de 2013







 

 
Cuando eres niña o niño, no importa el género, la vida simplemente no existe, es despertar sin la más mínima preocupación de nada!!!, no piensas en mañana o dentro de unos días meses o años, simplemente la palabra vida, no está en nuestro diccionario.

Solo es despertar al nuevo día, alimentarte y jugar, eso de ir al colegio no esta en los planes personales, entonces los días son enormes, aún así, no alcanzan!!

Era esperar a que llegara Nicolás, ...............Nicolás el hombre de confianza de mis abuelos y mi madre, el hombre que hizo las veces de un abuelo, (Ah! Nicolás, recordarte es vivir nuevamente un cúmulo enorme de emociones, que amenazan romper mi corazón), Cuando nos levantábamos, por temprano que fuera, el ya había cumplido con parte de su labor, ir a raspar los magueyes, caminaba por las veredas bordeadas de magueyes y árboles de tejocotes, jaras y tepozanes, para recolectar el aguamiel que se transformaría en fermentada bebida con olor fuerte, de color blanco como leche y espumosa, al llegar al punto de fermentación precisa para beber. Traer el acocote el raspador, y el aguamiel en un cántaro y en un jarro de barro, imágenes ,recuerdos maravillosos.

En el pasillo, donde estaba la escalera de acceso al tapanco, había un área donde estaban unas castañas de barro que contenían el pulque o aguamiel fermentando, tapadas con una tela delgadita, a un lado, colgado un cedazo, con él, Nicolás colaba el aguamiel, sobre el pulque que había en las castañas, quedaba un olor a verdor, a dulce, que impregnaba el lugar, sobre las castañas, había unas maderas a modo de alacenas, había botellas con miel de abeja, ya cristalizada, chocolate, jarros de barro con crema de vaca, quesos, y jocoque, botellas con anís y mosquito de Toluca, latas con manteca de cerdo, lonchas de tocino, y longanizas, las fusiones de olores eran un reto a la imaginación y a mi estomaguito.

Después de almorzar, Nicolás traía los caballos para ensillarlos y/o prepararlos para cargar los costales de maíz de las cosechas, se iban a las parcelas, para cosechar, a la casa no había acceso para que llegara un vehículo de motor, toda la cosecha se acarreaba a lomo de caballos o burros, había suficientes peones y animales para esa tarea, las mujeres de los peones les llevaban de comer al campo, recuerdo una de las veces que fui con alguien de ellos, era fascinante viajar a caballo, en burro no, un día me tiro uno y ay! como duelen esos golpes, prefería un caballo, llegamos con la comida, a las parcelas todos los peones salieron de entre los surcos, se sentaron a orillas de la parcela y a comer se ha dicho!.

Con tiempo habían hecho una fogata con boñigas, aunque las tortillas estaba calientes, había quienes las preferían mas calientes o tostaditas, yo comí con ellos, tortillas calentadas con boñigas, solo les sacudían la ceniza a las tortillas y hacían tacos o comían de sus platos, yo quería un taco de "cuñadas" un quelite delicioso que se da solo entre las milpas cuando el maíz esta a punto de ser cosechado, ponían "cuñadas" en la tortilla con sal de "grano" y queso, con trabajos mis dos manitas podían agarrar el taco que me hicieron, y a la hora que quise beber algo, zas! había solo pulque, la bebida por excelencia de los peones, Claro! yo quería pulque, pero nadie me dio, era la niña, y debían cuidarme de esos "excesos", alguien fue a casa en un caballo a traer atole para mi, es un día de los muchos especiales que tengo en mente.

Nicolás hablaba un poco el Español y dos dialectos, otomí y Mazahua, me gastaba los cuadernos tratando de aprender a escribir y hablar, aunque fuera un poco de alguno de sus dialectos, me arrobaba verlo y escucharlo hablar así, pero nada, solo aprendí alguna que otra mala palabra, el me decía en otomí: Natz ´ala Datz´indi´Ya j´andé: "Niña bonita, cuanto te quiero yo".

Crecer implicó tener responsabilidades propias de cada etapa, ir por agua al manantial de la barranca, por la leche en casa de don Pedro o Chencho, su hijo, cortábamos una pajilla del trigo, y chupábamos en los cantaritos en donde llevábamos la leche. cuando no se hacía queso en casa, lo llevábamos de doña Cayetana.

El queso en casa, se preparaba de manera artesanal, antes de ponerlos en los aros, que eran los moldes para hacerlos de diferentes medidas se molía la "cuajada". (La cuajada es la parte caseosa y crasa de la leche, que por la acción del calor o de un cuajo se separa, formando una masa propia para hacer queso o requesón). Se supone que yo andaba por todos lados de la casa, (Tenía aproximadamente dos años y medio), entonces me encantaba estar junto al metate, eso me cuentan, cuando alguna de las mujeres de los peones o mi abuela molían el queso, debí comer tal cantidad "de cuajada" que enferme tanto que casi me cuesta la vida.

El abuelo Merced, mi abuelo materno, el hombre que en muchos aspectos fue mi guía, mi ejemplo, y ese ser que de alguna manera lleno el vacío que un padre dejo, el hombre que sin tener porque, y porque no sabía como, no era el mas amoroso, y como serlo si lo único que recibió de niño, fue desprecio odio y malos tratos, si, porque vivió al margen de dos matrimonios de su madre, uno anterior, del cual tuvo hermanos mayores y que en los albores de 1900 no era aceptado que una mujer tuviera un hijo de un hombre casado, y otro matrimonio con hijos que tampoco eran del todo sus hermanos, aunque el los quisiera a todos por igual.

A casa iba el tío Jesús, hermano del abuelo, los abuelos tenían una pequeña tienda en la casa, en las noches mientras mi abuela nos daba de merendar, el abuelo y su hermano, se ponían a jugar a las cartas, a veces, el tío Jesús me sentaba en una de sus piernas y me hacia cantarle una canción (La bala pele) La bala perdida, a cambio de una moneda, (e invariablemente me cantaba una canción, recuerdo que decía: Oyes Lupita, dicen que ya no me quieres, será por los cuentos que te han venido a contar. Me encantaba verlo cantarme)

Lo recuerdo relativamente joven, bien parecido, montaba a caballo Era muy niña, pero siempre tenia las orejas puestas, y me enteraba de cosas que los adultos querían ocultar a los niños, así dictaban las buenas costumbres. Los niños no debían involucrarse en asuntos de adultos.

Hacía unos años que en una trifulca, entre los ejidatarios y los dueños de los ranchos, al tío Jesús le dieron un golpe en la cabeza con una hacha, le abrieron el cráneo, la tía Angelina, hermana de Jesús, se encargo de su recuperación, le tuvieron que poner al tío una placa de platino en la cabeza, desde entonces su vida no fue igual, en todos los ámbitos de la vida, la suya cambio radicalmente, tenia prohibido montar a caballo, correr, caminar muy rápido, amén de hacer su vida en pareja. Lo que provocaba que su vida familiar fuera una constante discusión, desilusión y fracaso como hombre, padre y esposo. Un día, alguien llego a casa con la noticia: El tío Jesús se había quitado la vida. No soportó llevar un remedo de vida.

Será que los amores trágicos son karmas? que pasan de generación en generación?, maldiciones tal vez?

Mis bisabuelas, ambas se llamaban Juanas, La madre de mi abuelo era Juana (Carmona), a secas, la madre de mi Abuela, era mamá Juana (Sánchez), En las últimas décadas de 1800 La bisabuela Juana Carmona y su primo hermano, Hipólito Carmona, se enamoraron Huyendo de su pueblo natal (Carmona), para casarse en otra comunidad. Toda vez que las familias de ambos, preferían verlos o saberlos muertos antes de aceptar la enorme deshonra y la maldición que pesaría en ellos, por tener una relación incestuosa.

De esta unión nacieron; Ramón, Petra, Raymundo, Silvestre y Felipa. Hubo otro hijo que no sobrevivió.

El tío R..., el hijo mayor de mis bisabuelos maternos, vivía cerca de la casa, colindando con el patio donde jugábamos de niños en la casa de mamá mashi, un hombre delgado, alto, desde que lo recuerdo, con el pelo muy canoso, un hombre con mucho carácter, de voz profunda y mirada de águila, un hombre .........................................que indirectamente y a veces con toda la alevosía, marco para siempre la vida de sus padres, hermanos, y mis abuelos.

Mi tía abuela Petra, murió relativamente joven, al dar a luz a su única hija, Emma.

Raymundo, mi verdadero abuelo, el padre de mi madre, y esposo de mi abuela Mashi. Una historia por demás maravillosa y triste, que merece una mención especial, y así será.

Silvestre!, un jovencito que tuvo una muerte demasiado prematura. Y a manos de su hermano mayor. Este niño cuidaba los animales de la casa, vacas, borregos, toros, los animales abrevaban generalmente en los pantanos del rancho Petigá, un fatídico día, Silvestre llevo a pastar a los animales a otra área del rancho, lejos de los pantanos, y de camino a casa, los animales corrieron hacia la represa de un señor que no permitía que ningún animal ajeno a los suyos, abrevara en su propiedad, el jovencito no pudo evitar que los sedientos animales llegaran al bordo antes que el. Con los animales bebiendo agua, fue poco menos que imposible sacarlos de ahí, el dueño del abrevadero, sumamente molesto, amenazo al niño con acusarlo con su hermano mayor, y así fue, el hombre llego a donde el hermano mayor jugaba cartas y bebía pulque, un tanto ebrio y muy molesto, recibió la queja y sin más, monto su caballo y hecho a correr hacia donde Silvestre batallaba para arrear los animales a su casa.

Llego Ramón, y comenzó a azotar a Silvestre, el chico corrió camino arriba, tratando de llegar a su casa para que su madre lo defendiera, pero el iba corriendo a pié, y su hermano a caballo, cansado, espantado, y golpeado, gritando a su madre, el niño trato de entrar a su casa, salió la madre y por más súplicas y gritos que le dio a su hijo mayor, éste no dejó de golpearlo, hasta que se canso, la madre ayudo a su hijito a levantarse, curo sus heridas, pero nunca mejoró, días después, Silvestre murió..........................................

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 

lunes, 15 de julio de 2013

 
 
 
Nunca dije a nadie sobre haber visto a la cigüeña, me dio miedo, hasta mas grande, y aún lo podía jurar.
Claro, me enteré que no era ningún pajarraco, era doña Lucina, la matrona, vivía en un lugar llamado El Rincón.
Ella ayudo a mi madre en el parto al nacer mi hermanita, Ya tenía dos hermanos, Paco y Edith, y claro, también estaba, Araceli, mi prima con quien crecimos, hija de mi tía Imelda, la hermana mas chica de mi madre, mi tía dejo a su niña al cuidado de mis abuelos, se caso con un chico de la Cd, de México, hizo su vida y mis abuelos registraron como hija a su nieta. Paco y Aracely, eran aproximadamente de la misma edad, más chicos que yo, hacían la mancuerna perfecta para jugar, la pareja ideal, jugaban a la comidita, y la casita, mamá Mashi, le pidió a su padre, el Bisabuelo Juan, que hiciera una palapa, en el patio trasero de la casa, para que jugáramos y no molestáramos a los mayores, había mucho trabajo en casa, las cosechas, los animales, los caballos, todos los arreos de los caballos, se sembraba en las laderas de los cerros, los arados eran especiales, de madera, a diferencia de los arados de fierro que eran para otro  tipo de terreno.
 
Al patio trasero se le llamaba el respaldo, toda vez que el sol daba de lleno en las tarde, y se conservaba calientito el lugar, ahí era el lugar de juegos de Paco y Cheli, era la parejita a quienes les decían "Pedrito y Cayetana", como los viejecitos que vivían por las barrancas.
Teníamos  muñecos, trastes, y todo lo necesario para no salir de ahí en horas, nos llevaban comida para que jugáramos a las comiditas, pero..............a mi no me gustaba jugar así, yo no encajaba, no tenía pareja, entonces me iba de ahí, me subía en un árbol, un tepozán que había cerca del pozo de la basura, cosa que me prohibieron mas rápido que veloz, porque era muy peligroso que estuviera ahí, no se como fui a dar con Don Mashi, el carpintero que siempre estaba ahí, en casa, trabajando en un tronco de madera, así lo veía yo, un tronco de madera, del cual sacaba con una garlopa, "chinitos" de madera, y ahí me pasaba mucho rato, jugando con sus herramientas, creo que le daba muchas molestias, un día me subió en el extremo del madero, y comenzó a enseñarme La Guadalupana, de cabo a rabo, TODA, Cuando la aprendí, se lo dije a mi madre y abuela, grave error, cada vez que había una visita en casa, yo era el centro de atención, me hacían cantarla TODA.
 
Así cada día, Paco y Cheli jugando y yo descubriendo cosas nuevas, extraordinarias, de suerte que nunca me descubrieron y el carpintero era mi cómplice, un día descubrí el tesoro mas valioso que podría imaginarme, no tenia con quien jugar, era muy curiosa, inquieta o metiche, no se, tal vez todo eso y más.
Había un pasillo para subir al tapanco de una área de la casa, se subía por una escalerita bien delgadita, era un tronco de árbol, apenas adaptada con escalones que le hicieron sacándole  al tronco trocitos de madera, justo para que cupiera la mitad de un pie, así se subían a guardar el maíz y todo lo necesario al terrado, o tapanco, yo me subía, con riesgo de resbalar y caerme, había de levantar una tapa de madera, que tenia unas armellas, yo no podía abrir esa tapa, tenia que esperar que alguien la abriera y así la dejara, yo aprovechaba a subir, y por Dios, que susto para bajar, no veía el primer escalón, tenia que adivinar y buscar con el pie, o poner poco a poco el piecito, hasta encontrar el primer hueco de la escalera, toda una aventura, pero eso no me detenía, un día subí, y camine todo el tapanco, hasta llegar a un tapanco de un cuarto mas pequeño, ahí había algo increíble, dos velices, de lámina pintados de florecitas diminutas, me latía el corazón de la ansiedad por abrirlos, y el miedo de que me descubrieran, ¡¡segura tunda!!.
Abrí un veliz y mi corazón brincaba de alegría, entre muchas cosas, había unas hojas de papel amarillento por el tiempo, unos frasquitos cuadrados con un líquido de diferentes colores, azul morado, verde, sepia, rojo y una especie de lápices raros, como pude, baje todo eso y lo lleve a Don Mashi, pobre hombre, casi se desmaya, ¡cómo me había atrevido a tomar eso que quien sabe de quien era!, iba a llevarme con mis abuelos o con mi madre!! con todo y la prueba de mi delito, y lloré, le dije que me iban a pegar, que ya no lo volvería a hacer, que iba a dejar todo en su lugar, ¡mentira mas grande!, nunca lo hice, no lo cumplí, no podía hacerlo, antes bien, no se como lo convencí para que me enseñara a usar los palitos y los líquidos esos, eran frasquitos con tinta china, y los palitos, eran Manguillos, en la punta tenían una laminita donde escurría la tinta, a la mitad, los manguillos tenían una palanquita, con la cual se jalaba la tinta, para poder escribir, mis primeros trazos de caligrafía, me los enseño Don Mashi, también encontré una revista viejita, de Selecciones, Don Mashi me enseño a leer un poco, cuanto tiempo convivía con el? no lo se, solo se me hizo la costumbre mas arraigada correr hasta donde el trabajaba, pero antes de entrar a donde el trabajaba, me metía al pajar, a darme una revolcada en la paja, no importaba que los caballos estuvieran comiendo en el pesebre, y las trenzas se me llenaran de paja.
 
Un día, la última vez que jugué con ellos, "hicimos" la comidita, después de comer, nos fuimos a jugar entre unas matas de toronjil, que rico olor, había unas matas de alcatraces y unos arbolitos de duraznos, era un lugar bello, todo el lugar era lindo, hacían una camita, jugamos a que era la hora de dormir, como era una parejita, necesitaban una hijita, y los muñecos pasaron a segundo término, yo hice de hijita, nos acostamos y Cheli, me dio teta, ¡si!, se levanto el vestidito y me dio teta, recuerdo que........Le puse la piel tan roja, tan roja, casi morada, me dio tanto susto, que me fui corriendo de ahí, y nunca más volví a jugar a las comiditas, ni con ellos ni con nadie más.
 
No tener con quien jugar, me ayudo a aprender muchas cosas, tendría aproximadamente 5 o 6 años, aprendí a leer, a escribir antes de ir a la escuela, pero también trate de aprender cosas de "mucho mundo",  de mayores, mi madre fumaba de vez en cuando, a veces a mi me pedía que le llevara sus cigarrillos, siempre los tenía en una cómoda del comedor, una tarde, me pidió que le llevara sus cigarros y los cerillos, prendió su cigarro y me mando a guardarlos, me metí un cigarrillo en la bolsa del vestido y los cerillos, pase junto a ella, estaba sentada en el patio de la casa, Que cinismo el mío, había robado un cigarro, y todavía la retaba a descubrirme, pero no ella no lo imaginó.
Me fui un poco retirada de la casa, lo suficiente para poder ver el zaguán, por si alguien salía, con todo el estilo que la ocasión requería, me senté sobre una piedra grande, cruce las piernas, puse el cigarrillo entre mis deditos, y prendí el cerillo, con la mayor elegancia lo lleve a mi boca, jalé tan fuerte el humo del cigarrillo que todo me dio vueltas y se me puso oscuro, me desmaye, no supe que tiempo dure ahí, cuando "desperté" estaba tirada al lado de la piedra, con las uñas con tierra y el vestido revolcado de tierra, seguramente en mis ansias de respirar y no poder, arañe la tierra, solo me levante, me sacudí un poco la tierra húmeda que tenia, y me fui asustada a sentarme al lado de mi madre, estaba mareada, y con una sensación de culpa terrible.............. 
 
 
 

















domingo, 14 de julio de 2013


 
 
Como dejar aquí, la historia de mi vida, como comenzar a dejar fragmentos de mi, los pedacitos de mi, los he guardado en el lado oscuro de la luna, ahí donde nadie sabe ni puede llegar, no sin mi.
Un lugar, y algunas personas que marcaron mi vida, Mi Madre, mi Abuela, (mamá Mashi), El abuelo Merced, mi padre, un padre ausente, siempre ausente, Los trabajadores, Nicolás, Marcial, Juan Rana, Juan Cebolla, Margarita, la mujer de Juan Cebolla, María la esposa de Silvestre, Ibis, la mujer de Marcial, El carpintero Mashi, Modesta y su marido Ventura.
Y algunas personas mas, que de a poco nombraré aquí.
Mis primos y mejores amigos, mis compañeros de juegos y desventuras a veces.
Y ahí, en la orilla de la barranca, Don Pedro y Doña Cayetana, Los amables viejecitos quienes vivían al filo de las barrancas, los padres del Otro Silvestre, el marido de Raimunda, y Crecencio, (Chencho) el marido de Genoveva.
Mi Bisabuelo Juan Cuevas, quien murió a los 109 años, que aguante, cuantos  años andarse de novio por la vida, y vaya que si.
 
Que risas, como nos reímos los hijos de modesta y nosotros, jugando en la era, entre la paja que acababan de trillar, teníamos paja hasta en las pestañas y las trenzas, llenos todos de polvo de la cebada, Nicolás nos decía, Niños, que la abuela se va a enojar, sabíamos que no, que ella no nos diría nada, si acaso el abuelo, si se enteraba, nos daría un grito amenazador y listo, no pasaba de ahí.
 
marcar en la tierra un chancuaco, y ponernos un pedacito de una teja en el pie y brincar de a cojito para ponerla en otro sitio del chancuaco,  era un juego parecido al del avión, solo que era en el dialecto Otomí y de figura diferente, nos reuníamos ahí, en la era, todos, y todas las tardes, éramos todos, diez niños y niñas, jamás he visto tanta alegría junta, terminábamos rendidos, era que se anunciara la noche y todos a correr a nuestras casas, agotados, hambrientos, a prender los "aparatos" de petróleo para alumbrarnos y en algunos lugares velas de parafina, cenar en la cocina, sentados junto al fogón, o el brasero, al lado de los abuelos, las tías y mi madre.
Nos despertaba el ajetreo de los peones, la mañana fresca, fría, el olor de las tortillas recién hechas, el atole de masa, el sonido del metate al pasar la masa entre las dos piedras, acercarse al comal estaba prohibido, a las hornillas en la cocina, ni se diga.
Aún tengo en la memoria, el olor de las mañanas frescas, el olor de los montones de mazorcas de maíz de muchos colores, blanco, rojo, azul, amarillo, pinto.
los costales de trigo y cebada, como picaban las puntitas de los granitos de cebada, y los granos de la avena, todos, forraje para los caballos, la paja en el pajar, donde so, pretexto de buscar huevos de las gallinas, me subía, hasta tocar el techo, y rodarme hasta el piso, terminaba como alfiletero, de tanta paja en la ropa y pelo.
Solo recordar, solo eso queda, el corredor de la casa, una casa que ahora solo es el remedo, una corredor que se venia abajo de tantas macetas, de una variedad increíble de plantas, de geranios, y una buganvilia frondosa, siempre llena de  flores en color fiusha, pasábamos corriendo debajo de sus ramas y nos colgábamos de ellas, bajo esa buganvilia, vi a la cigüeña el día que nació mi hermana Edith, solo que no era una cigüeña blanca, era negra.
!Una cigüeña negra! Que imaginación, pero............Yo la vi.
 













Espero hacer de este espacio algo mágico, hermoso y lograr un ambiente propicio para escribir cosas bellas.

Y quien quiera venir a escribir o leer, se pase un buen momento.

Bienvenidos.