domingo, 14 de julio de 2013


 
 
Como dejar aquí, la historia de mi vida, como comenzar a dejar fragmentos de mi, los pedacitos de mi, los he guardado en el lado oscuro de la luna, ahí donde nadie sabe ni puede llegar, no sin mi.
Un lugar, y algunas personas que marcaron mi vida, Mi Madre, mi Abuela, (mamá Mashi), El abuelo Merced, mi padre, un padre ausente, siempre ausente, Los trabajadores, Nicolás, Marcial, Juan Rana, Juan Cebolla, Margarita, la mujer de Juan Cebolla, María la esposa de Silvestre, Ibis, la mujer de Marcial, El carpintero Mashi, Modesta y su marido Ventura.
Y algunas personas mas, que de a poco nombraré aquí.
Mis primos y mejores amigos, mis compañeros de juegos y desventuras a veces.
Y ahí, en la orilla de la barranca, Don Pedro y Doña Cayetana, Los amables viejecitos quienes vivían al filo de las barrancas, los padres del Otro Silvestre, el marido de Raimunda, y Crecencio, (Chencho) el marido de Genoveva.
Mi Bisabuelo Juan Cuevas, quien murió a los 109 años, que aguante, cuantos  años andarse de novio por la vida, y vaya que si.
 
Que risas, como nos reímos los hijos de modesta y nosotros, jugando en la era, entre la paja que acababan de trillar, teníamos paja hasta en las pestañas y las trenzas, llenos todos de polvo de la cebada, Nicolás nos decía, Niños, que la abuela se va a enojar, sabíamos que no, que ella no nos diría nada, si acaso el abuelo, si se enteraba, nos daría un grito amenazador y listo, no pasaba de ahí.
 
marcar en la tierra un chancuaco, y ponernos un pedacito de una teja en el pie y brincar de a cojito para ponerla en otro sitio del chancuaco,  era un juego parecido al del avión, solo que era en el dialecto Otomí y de figura diferente, nos reuníamos ahí, en la era, todos, y todas las tardes, éramos todos, diez niños y niñas, jamás he visto tanta alegría junta, terminábamos rendidos, era que se anunciara la noche y todos a correr a nuestras casas, agotados, hambrientos, a prender los "aparatos" de petróleo para alumbrarnos y en algunos lugares velas de parafina, cenar en la cocina, sentados junto al fogón, o el brasero, al lado de los abuelos, las tías y mi madre.
Nos despertaba el ajetreo de los peones, la mañana fresca, fría, el olor de las tortillas recién hechas, el atole de masa, el sonido del metate al pasar la masa entre las dos piedras, acercarse al comal estaba prohibido, a las hornillas en la cocina, ni se diga.
Aún tengo en la memoria, el olor de las mañanas frescas, el olor de los montones de mazorcas de maíz de muchos colores, blanco, rojo, azul, amarillo, pinto.
los costales de trigo y cebada, como picaban las puntitas de los granitos de cebada, y los granos de la avena, todos, forraje para los caballos, la paja en el pajar, donde so, pretexto de buscar huevos de las gallinas, me subía, hasta tocar el techo, y rodarme hasta el piso, terminaba como alfiletero, de tanta paja en la ropa y pelo.
Solo recordar, solo eso queda, el corredor de la casa, una casa que ahora solo es el remedo, una corredor que se venia abajo de tantas macetas, de una variedad increíble de plantas, de geranios, y una buganvilia frondosa, siempre llena de  flores en color fiusha, pasábamos corriendo debajo de sus ramas y nos colgábamos de ellas, bajo esa buganvilia, vi a la cigüeña el día que nació mi hermana Edith, solo que no era una cigüeña blanca, era negra.
!Una cigüeña negra! Que imaginación, pero............Yo la vi.
 











2 comentarios:

  1. Nadie dijo que tenías que ser un escritor reconocido para expresar la belleza del alma, del corazón y de tus recuerdos, gracias por la maravillosa reseña de un pasado aún presente y palpitante que invita a deleitarse con tu tinta, te amo... Edith

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    1. Gracias preciosa, y como no invitarte a venir, si eres parte medular de esto y más, mucho más que podrás leer aquí, también te amo hermanita.

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