MI LUGAR DE MAGIA………………………….
“Como describir mi alucinante vida, mi vida infantil, lo que ha significado mi vida”
Volví un dia a la casa de mis abuelos, a la casa donde de tiempo en tiempo crecí, era una tarde de lluvia, me senté a la orilla del camino, busque el ruido de las golondrinas volando bajo la lluvia…, las imaginé haciendo sus nidos en las viejas vigas en el corredor, con sus polluelos hambrientos y ruidosos cuando la mamá golondrina se posaba al filo del nido con alguna lombriz….mis ojos se abrieron, no había golondrinas…, También se habían marchado, también habían dicho adiós. Ya no había con quien compartir las vigas del corredor, no había niños, no había flores ni macetas en el pretil del corredor.
No había bullicio de niños, de gente dándole calor a las paredes de la casa.
No había bullicio de niños, de gente dándole calor a las paredes de la casa.
Comenzó a llover, me acerque bajo el techo de tejas que daba al camino real, El otrora camino real que tanta gente vio venir, la lluvia hacía hilos de agua que colgaban de las tejas, al estrellarse en el piso, formaban coronitas diminutas, gotitas brillantes que salpicaban mis pies.
De pronto, sin darme cuenta, comencé a caminar por el viejo pasillo detrás de la casa. El olor a la rosa silvestre que estaba en la cerca de piedras me hizo evocar el calor de un hogar, de una familia tan lejana, tan amada, tan presente. Evocar un mundo tan mío, tan solamente mío., al que no regresaría nunca…… ¡Nunca!
Y estaba ahí, ¡Mujer!, Nieta, Hija, Hermana!, Contemplando una vez mas esta casa, mi casa, la casa que formaba parte de mi vida, la tenía metida muy hondo, muy dentro de mí, aprisionada en mis recuerdos. No nací aquí, pero aquí crecí…, Jugué…reí…y también lloré…. La casas también se enferman y mueren, y esta casa esta muerta, también está muerta.
Cierro los ojos y tengo un deseo apremiante de entrar en ella, y un silencio lastimero me hace reaccionar, ya no llueve, el olor a tierra y a yerba mojada empieza a invadirlo todo, sigo caminando despacito, como si fuera a despertar los recuerdos, todo es silencio, llego al “respaldo” camino hasta la puerta trasera de la casa, me siento en la piedra que hace las veces de un escalón. ¡El pasado no vuelve jamás!
Cierro los ojos y penetro en mi pasado, en mis recuerdos, ¡en los recuerdos de mis abuelos y mi madre! Una necia obstinación por revivir lo que se fue, el dulce refugio de una niñez tan lejana que se hace borrosa en el tiempo.
Cuando eres niña o niño, no importa el género, la vida simplemente no existe, ¡¡¡es despertar sin la más mínima preocupación de nada!!!, no piensas en mañana o dentro de unos días meses o años, simplemente la palabra vida no está en nuestro diccionario.
Sólo es despertar al nuevo día, alimentarte y jugar, eso de ir al colegio no está en los planes personales, entonces los días con enormes, aun así, ¡¡¡¡no alcanzan!!!!
¡Era abrir los ojos y quedarse escuchando los ruidos del trajín en la casa, los olores! Mamá Mashi en la cocina, mi madre barriendo el patio, las gallinas alborotadas queriendo salir del gallinero y otra vez, los olores a fresco a atole de masa, a tortillas recién hechas, así huele la vida, así huele la felicidad.
¡¡¡Levántate Lupeeee!!! Pegaba un brinco, el segundo grito era en la puerta de nuestro cuarto, nos levantábamos todos, nos vestíamos atropellados, antes de salir nos hincábamos al pie de la casa, nos persignábamos y poníamos una señal de la cruz con agua bendita que siempre había en el buró de mi abuela.
Corríamos a lavarnos cara y manos y a la cocina, nos servían humeantes jarritos de barro con atole de masa, o champurrado, mientras esperábamos que entrara el abuelo, y Nicolás……., Nicolás, el hombre de confianza de mis abuelos y mi madre, el hombre que hizo las veces de un abuelo, (Ah! Nicolás, recordarte es vivir nuevamente un cúmulo enorme de emociones, que amenazan romper mi corazón), cuando nos levantábamos, por temprano que fuera, él ya había cumplido con parte de su labor, ir a raspar los magueyes, caminaba por las veredas bordeadas de magueyes y árboles de tejocotes, jaras y tepozanes, para recolectar el aguamiel que se transformaría en fermentada y espumosa bebida con olor fuerte, delicioso, de color blanco como leche, traer el acocote, el raspador y el aguamiel en un cántaro y un jarro de barro, en el pasillo de acceso al tapanco, había un área donde estaban unas castañas de barro que contenían el pulque o aguamiel fermentando, tapadas con una tela delgadita y muy blanca, a un lado, colgado el cedazo, con él, Nicolás colaba el aguamiel, sobre el pulque que había en las castañas, quedaba un olor a verdor, a dulce, que impregnaba todo el lugar, sobre las castañas había unas maderas a modo de alacenas, había botellas con miel de abeja, ya cristalizada, chocolate, jarros de barro con crema de vaca, quesos y jocoque, botellas de anís y mosquito de Toluca, latas con manteca de cerdo, lonchas de tocino, y longanizas, las fusiones de olores eran un reto a la imaginación y a mi estomaguito.
Después de almorzar, Nicolás traía los caballos para ensillarlos y preparar los para cargar los costales de maíz de las cosechas, se iban a las parcela, para cosechar, a la casa no había acceso para que llegara un vehículo de motor, toda la cosecha se acarreaba a lomo de caballos o burros, había suficientes peones y animales para esa tarea, las mujeres de los peones les llevaban de comer al campo, canastones o “chiquihuites” con tortillas recién hechas, dobladitas embarradas con salsa de molcajete, frijoles, papas hervidas, huevos hervidos, lo que fuera, pero siempre un jarro de pulque, una vez me fui con una de ellas, era fascinante viajar a caballo, llegamos a la parcela con la comida, todos los peones salieron de entre los surcos, se sentaron a orillas de la parcela y a comer se ha dicho!
Con tiempo habían hecho una fogata con boñigas, aunque las tortillas están calientes, había quienes las preferían más calientes o tostaditas, comí con ellos, una tortilla calentadas en boñigas, sólo les sacudían la ceniza a las tortillas y hacían tacos o comían de sus platos, yo quería un taco de “cuñadas” un quelite delicioso que crece entre los surcos en la milpa, llenaron mi tortilla con los quelites, queso y sal, los granitos de sal tronaban entre mis dientes, mezclada con el sabor de las cuñadas y una tortilla recalentada, era un manjar que no podía darme el lujo de comer seguido. A duras penas mis pequeñas manitas podían agarrar el taco que me hicieron, cuando quise beber algo, no había nada, solo pulque, ¡claro!, yo quería pulque, per nadie me dio, era muy niña, debían cuidarme de esos “excesos”, alguien se monto en un caballo y fue a casa por atole para mi.
Las cargas de maíz de diferentes colores se tiraban en el patio de la casa, mazorcas azules, de un azul tan intenso que parecían negras, rojas, amarillas, blancas, pintas..
Nicolás hablaba un poco el Español, “Castellano” decía él, y dos idiomas, o dialectos, Otomí y Mazahua, me gastaba los cuadernos tratando de aprender a escribir y hablar, aunque fuera un poco de alguno de sus dialectos, me arrobaba verlo y escucharlo hablar asi, pero nada, solo aprendía alguna que otra mala palabra, el me decía en otomí. Natz´ala Datz´indi ya j´andé” “Niña bonita, cuanto te quiero yo.
Crecer implicó tener responsabilidades propias de cada etapa, ir por agua al mantial de la barranca, por la leche a casa de Don Pedro o Chencho, su hijo, cortábamos una pajilla de un tipo de pasto que estaba hueco, y chupábamos de los cantaritos en los que llevábamos la leche, cuando no se elaboraba el queso en casa, lo llevábamos de la casa de Dona Cayetana, Esposa de Don Pedro.
En casa el queso se preparaba de manera artesanal, en el metate se molía la “cuajada”, (la cuajada es la parte caseosa y crasa de la leche, que por la acción del calor o de un cuajo se separa, formado una masa propia para hacer el queso o requesón), antes de ponerla en unos aros, que eran los moldes para hacer los quesos de diferentes medidas. Se supone que yo andaba por todos lados en la casa, , tenía aproximadamente dos años y medio, entonces me encantaba estar junto al metate, cuando mi abuela o algunas de las mujeres de los peones molían la cuajada, debí comer tal cantidad “de cuajada” que enferme tanto, que casi me cuesta la vida, después de varios días en que me hicieron cuanto podían, mi madre decidió llevarme a Canalejas, un pueblo muy alejado, para que me curaran de empacho.
El Abuelo Merced, mi abuelo materno, el único que conocí, el hombre que en muchos aspectos fue mi guía, mi ejemplo, ese ser que de alguna manera llenó el vacío que un padre dejo, el hombre que sin tener porque, y porque no sabía cómo, no era el mas amoroso, y como serlo si lo único que recibió de niño, fue desprecio, odio y malos tratos, si, porque vivió al margen de dos matrimonios de su madre, uno anterior, del cual tuvo hermanos mayores y que en los albores del año 1900 no era aceptado que una mujer tuviera un hijo de un hombre casado, y otro matrimonio con hijos que tampoco eran del todo sus hermanos, aunque él los quisiera a todos por igual. De joven sufrió la pobreza absoluta, andaba descalzo, tenía que ir por los animales de su madre al llano donde pastaban, trabajó mucho para poder comprarse unos huaraches, acarreaba el agua en a la espalda con una maroma, su madre escondía el Chiquihuite de las tortillas en una castaña, él no lo sabía, cuando llego con el agua, vació los odres de agua en la castaña y salió por mas agua, cuando volvió a casa, ya estaba un grave problema, no había tortillas para almorzar, no había tanto problema, tendieron el metate y molieron nixcometl para hacer tortillas, el problema, es que los que se quedaron a esperar, comieron muy tarde, el campo y los animales no esperaban.
A casa iba el tío Jesús, hermano del abuelo, los abuelos tenían una pequeña tienda en la casa, en las noches mientras mi abuela nos daba de merendar, el abuelo y su hermano, se ponía a jugar a las cartas, a veces el tío Jesús me sentaba en una de sus piernas y me hacía cantarle una canción “La bala pelele” a cambio de una moneda, e invariablemente me cantaba una canción, la recuerdo……Oyes Lupita, dicen que ya no me quieres, será por los cuentos que te han venido a contar….Me encantaba verlo cantarme.
Lo recuerdo relativamente joven, bien parecido, montaba a caballo, era muy niña, pero siempre tenía las orejas bien puestas, me enteraba de cosas que los abuelos querían ocultar a los niños, así dictaban las buenas costumbres, los niños no debían involucrarse en los asuntos de los adultos.
Hacía unos años que en una trifulca, entres los ejidatarios y los dueños de los ranchos, al tío Jesús le dieron un golpe en la cabeza con una hacha, le abrieron el cráneo, la tía Angelina, hermana de Jesús, se encargo de su recuperación, le tuvieron que poner al tío, una placa de platino en la cabeza, desde entonces, su vida no fue igual, en todos los aspectos de la vida, la suya cambió radicalmente, tenía prohibido montar a caballo, caminar muy rápido, amén de hacer su vida en pareja. Lo que provocaba que su vida familiar fuera una constante discusión, desilusión y fracaso como hombre, padre y esposo. Un día alguien llegó a casa con la noticia: El tío Jesús se había quitado la vida, No soportó llevar un remedo de vida.
¿Será que los amores trágicos son karmas? ¿Que pasan de generación en generación? ¿Maldiciones tal vez?
Mis bisabuelas, ambas se llamaban Juanas, La madre de mi abuelo era Juana (Carmona), a secas, la madre de mi abuela, era mamá Juana (Sánchez), en las últimas décadas de lo 1800, La bisabuela Juana Carmona y su primo hermano, Hipólito Carmona, se enamoraron, huyendo de su pueblo natal (Carmona), para casarse en otra comunidad. Dado que las familias de ambos, preferían verlos o saberlos muertos antes de aceptar la enorme deshonra y la maldición que pesaría en ellos, pro tener una relación incestuosa.
De esta unión, nacieron; Ramón, Petra, Raymundo, Silvestre y Felipa. Hubo otro niño que no sobrevivió.
El tío Ramón, el hijo mayor de mis bisabuelos maternos, vivía cerca de la casa, colindando con el patio donde jugábamos de niños en la casa de mamá Mashi, Mi abuela, un hombre delgado, alto, desde que lo recuerdo, con el pelo muy canoso, un hombre con mucho carácter, e voz profunda y mirada de águila, un hombre…………….que indirectamente y muchas veces con alevosía, marco para siempre la vida de sus padres, hermanos, mis abuelos y mucha gente.
Mi tía abuela, Petra murió relativamente joven, al dar a luz a su única hija, Emma.
Raymundo, mi verdadero abuelo, el padre de mi madre, y esposo de mi abuela Mashi. Una historia por demás maravillosa y triste, que merece una mención especial, y así será-
Silvestre!, un jovencito que tuvo una muerte demasiado prematura. Y a manos de su hermano mayor. Este niño cuidaba los animales de la casa, vacas, borregos, toros, los animares abrevaban generalmente en los pantanos del rancho Petigá, un fatídico día, Silvestre llevo a pastar a los animales a otra área del rancho, lejos de los pantanos, y de camino a casa, los animales corrieron hacia la represa de un señor que no permitía que ningún animal ajeno a los suyos, abrevaran en su propiedad, el jovencito no pudo evitar que los sedientos animales llegaran al bordo antes que él. Con los animales bebiendo agua, fue poco menos que imposible sacarlos de ahí, e cansado, espantado y golpeado, gritando a su madre, el niño trato de entrar a su casal dueño del abrevadero, sumamente molesto, amenazó al niño de acusarlo con su hermano mayor por el abuso que había cometido, y asi fue, el hombre llegó a donde el hermano mayor jugaba a las cartas y bebía pulque, un tanto ebrio y muy molesto, recibió la queja y sin más montó su caballo y echó a correr hacia donde Silvestre batallaba para arrear a los animales a su casa. Llegó Ramón, y comenzó a azotar a Silvestre, el chico corrió camino arriba, tratando de llegar a su casa para que madre lo defendiera, pero el iba corriendo a pie y su hermano a caballo, cansado, espantado y golpeado, gritando a su madre, el niño trató de entra a su casa, salió la madre, y por más suplicas y gritos que le dio a su hijo mayor, este no dejo de golpear a su hermano, hasta que se cansó, la madre ayudo a su hijito a levantarse, curó sus heridas, pero nunca mejoró, días después, Silvestre murió……………………………….
Ignacio Sánchez, Abuelo de mamá Mashi, llegó allende el mar a mediados del siglo XIX, aproximadamente en 1840, llegan Ignacio Sánchez y su esposa, con sus pequeños hijos, José, e Ignacio Sánchez.
Ana Marcelia Cuevas Sánchez.
Nació el día 07 de Junio de 1912 en Dongú, un barrio típico, pequeño, creció al lado de sus hermanos, Pilar, Matilde, Anastasia, Juan y José. Paso toda su niñez en Dongú, en el año que ella nació, hubo un evento que estremeció a gran parte del país, UN TEMBLOR. Y una pandemia mundial, LA GRIPA.
En el tiempo de la gripa, el abuelo Ignacio, enviaba a sus arrieros a comprar algo que ayudó mucho a erradicar la gripa entre sus trabajdores y la gente que vivía en los alrededores..............................................
Mashi, una niña hermosa, de piel blanquísima, ojos color aceituna, largas trenzas rubias de pelo chino. Educada con las más estrictas costumbres de inicio del siglo XX, asistió a la escuela para aprender a leer y escribir, costumbre de la “gente de razón” o de quienes podían dar ese privilegio a algunos de sus hijos. En su educación intervinieron algunos de sus tíos, y tíos abuelos, algunos de ellos, sacerdotes.
Creció jugando en el curato de la Iglesia de su pueblo, a donde siempre la llevaba su tía Mariana, tía de su madre, mujer absolutamente Católica, casada con el tío Isaac, quienes no tuvieron hijos. Recibiendo en casa a todos los sobrinos que quisieran pasarse con ellos el tiempo que decidieran quedarse. Mashi creció conviviendo con el tío Ciro y Mateo, hermanos de su madre.
(1)- Al temblor de 1912 le siguió la gripa, mucha gente murió, se cerraron muchas casas, se terminaron familias enteras, a la gente que moría no había quien la enterrara, ya no había gente, y quienes sobrevivieron no tenían que comer, llegó la hambruna, quien sembraba tierras? José Sánchez, el abuelo de Mashi, dueño del rancho de la Vega, había sido administrador de la hacienda de Arroyo Zarco, hombre de mucho poder y dinero, (no había mucha gente que conociera de números), poseedor de mucha tierra y ganados, había comprado a la hacienda la parte correspondiente al rancho de la vega y mucha mas tierra () había procreado y educado a sus hijos a la usanza de finales del siglo XIX, descendientes de europeos, llegaron de Monterrey, se instalaron en San Andrés, y con ellos llego la fiebre de la explotación carbonera.
Era Cañada de Lobos, hermoso recodo del valle, bordado de frondosas amapolas de colores, hasta la Vega, la cañada montañosa de la sierra madre, bosques que anidaban señoriales aguilas, tigrillos, gatos montes, coyotes, zorros, mapaches, venados
Los enormes madroños, robles, áiles, albergaban las madrigueras de tantos animales, que fueron diezmados por la tala de árboles sin ningún control y con la complacencia de las autoridades. Tan grande era la cantidad de carbón que producían los extranjeros, que explotaron los bosques en esta arte del estado de México, que tuvieron que tender una red de ferroviaria, el tren llegó y con él , familias de otros lugares, de diferentes estratos sociales y económicos, unos para vivir temporalmente mientras se llevaban la riqueza del lugar, otros para quedarse, otros para dejar su cimiente y marcharse, llegó el dinero y el poder. Pero también llegó el progreso en esta pequeña aldea. Hicieron la escuela para los niños de los trabajadores de los patios del carbón, y a ellas también asistían los hijos de los empresarios, fundaron un pequeño hospital, Había telégrafo y teléfono.
Mucho antes de que el gobierno expropiara las haciendas, José, deja de trabajar en la hacienda de Arroyo Zarco, y compra una gran extensión de terreno y ganado, borregos, caballos, vaca, toros, cerdos, etc. Y todo cuanto se podía tener en un rancho de mediados del siglo XIX, sembrando grandes extenciones de terreno de maíz, trigo, avena, cebada, y las márgenes de la laguna de Huapango, prodigaban la humedad suficiente para sembrar habas, chicharos, y trigo la mayor parte del año.
Entre los pastizales que servían de forraje al ganado, y gracias a la migración llegaban a la región, patos salvajes, gallinas silvestres, gallaretas, faisanes, y codornices, una suerte de aves que se alimentaban de los charales y acociles que abundaban en la laguna, en tiempo de lluvias, abundaban las ranas y los ajolotes, que los nativos de la zona consumían, y fueron una delicia al paladar de los aventureros que se atrevieron a cazarlos con trampas hechas con “Liga” un camote que crece en el monte, y en el cual se pegaban los pájaros de esa manera no lastimaban su carne, los conejos, liebres y ardillas también eran presas deliciosas que competían con los campesinos para ver quien estrenaba los primeros elotes de las parcelas, los primeros frutos de la tierra. Eran tan abundantes las cosechas que todas las casas, por humildes que fueran, tenían una troje, un silo en el cual guardaban los granos de maíz, cebada y avena.
Los Cerdos, guajolotes y gallinas andaban sueltos por todos lados, no había cercas que delimitaran su andar, los animales de todos los vecinos se juntaban en el día para pastar, de noche, cada quien guardaba en sus gallineros los animales de su propiedad. Con una pequeña laguna que estaba el final del predio del patio de la casa de los abuelos, en esa laguna vivían variedad de patos, garzas, había charales, carpas. En los pastizales iban a recoger huevos, llenaban las canastitas de huevos de patos, gallinas salvajes y codornices.
Cuando llegaban las primeras lluvias, los llanos se llenaban de hongos de llano “Champiñones” y serenas, un hongo muy parecido a las trufa
Recogían tantos que ya no los querían comer.
Su padre, el abuelo Juan, y su madre, mamá Juana......